La sala estaba en penumbras.
Hacía tiempo la sala había estado iluminada con elegantes globos de luz mágica,
pero siglos de abandono habían supuesto la muerte de muchos de los conjuros de
los globos, y los pocos que quedaban estaban degradados y apenas iluminaban una
serie de mesas cubiertas por viejos complejos de alambiques. Buena parte de las
paredes estaban ocupadas por extensas estanterías que contenían cientos de
tarros de loza y cristal en los cuales se podían discernir diversos ejemplares
conservados en líquidos embalsamadores. En algunos rincones inquietantes
esqueletos colgaban de sólidos arneses.
El polvo cubría ecuánimemente
todo el conjunto, y la sólida puerta de bronce que cerraba a cal y canto la
amplia habitación estaba verde por la oxidación; el conjunto daba una total
sensación de abandono y de que nadie hubiese pisado la sala desde tiempos
inmemoriales.
Lo que no estaba muy lejos de la realidad. Aunque no del
todo.
El sutil ruido de unas ganzúas
manipulando la vieja cerradura de la puerta comenzó a ser audible. La operación
duró un buen rato, y finalizo con una sarta de maldiciones que el grosor de la
puerta hizo irreconocibles. Le siguieron una serie de fuertes golpes, que
hicieron crujir los goznes hasta que, debilitados por la corrosión, cedieron a
la par que la cerradura, con lo que la puerta cayó cuan larga era con gran
estrépito. Una fuerte corriente de aire levantó una tormenta de polvo que
oscureció por completo la sala.
-¡Condenación! –
tosió alguien en el umbral.
-Dejad que el aire de la habitación se renueve. Lleva mucho tiempo ahí
encerrado con los dioses saben qué. Apartémonos y esperemos un poco.
El aire viciado de la habitación
se mezclo lentamente con el procedente del corredor, y el polvo fue asentándose
lentamente. Al cabo de un rato largo, varias figuras entraron lentamente en la
sala.
Eran seis, y si alguien hubiese
solicitado el retrato de un grupo de aventureros genéricos de dudosa
reputación, sin ninguna el artista hubiese solicitado a estos cinco que posasen
para él.
Lideraban el grupo dos hermanos
gemelos, en apariencia procedentes de las tribus ganaderas que surcaban las
amplias sabanas del Shaar, ya que además de sus distintivos rasgos raciales,
iban cubiertos por amplias túnicas de cuero endurecido reforzadas con remaches
de bronce que le daban una apariencia barbárica. Uno de ellos iba armado con una
enorme alabarda, y el otro con un igualmente enorme mazo de doble cabeza. Los
dos entraron enarbolando las armas, como esperando un ataque, y tomaron
posiciones a los lados de la puerta. Se trataba de los hermanos Oblei, de
nombre Kus y Alfiq, famosos y violentos mercenarios.
A continuación entró, de forma
más sosegada un individuo vestido con una liviana túnica multicolor, con un
rostro que en otros tiempos hubiese tenido aspecto patricio y regio, pero que
años de abusos de alcoholes y exóticas drogas habían chupado toda la carne del
rostro y dado un aire siniestro, huidizo y esquivo. Toda su imagen gritaba
“hechicero” a voz en grito, y si no llevaba el famoso gorro puntiagudo
favorecido por muchos magos en el norte es porque prefería el tocado de su
tierra natal, Calimshan: un amplio turbante de seda negra; sin embargo, como
concesión a la moda de sombreros puntiagudos, un prominente pincho de
reluciente plata coronaba su tocado, dándole un notorio aire de visir malvado
de los relatos de posada, que por otro lado le gustaba cultibar. Era el
hechicero Al’Qiram, según sus propios discursos famoso maestro de las artes
arcanas y próximo candidato a archi-mago; según muchos de sus colegas de
profesión, un necio pomposo y solo marginalmente competente.
Cerraban el grupo tres sujetos de
peor apariencia aún, si eso era posible. Vestidos con desgastadas y mugrientas
ropas y armaduras de cuero reforzadas, eran casi una loa a la diversidad
nacional de esas tierras: el primero era un sólido Amnita de pelo negro, rostro
ancho y ligeramente paposo, de mirada fría, inteligente y calculadora. Estaba
armado con una pesada ballesta y una ornamentada espada larga. Era Brucal el
Rojo, ex soldado del ejército Amnita, ex desertor, ex convicto, ex salteador de
caminos y un montón de exes más. Actualmente aventurero y espada de fortuna. Un
tipo realmente encantador.
A su vera se encontraba un enorme
calimshita procedente sin duda de los áridos desiertos de la zona centro de su
país. De rostro impávido y brutal, sus agudos ojos inspeccionaban la sala
atentamente, mientras la flecha del letal arco compuesto que portaba buscaba un
posible objetivo hacia la cual volar. De su espalda colgaba una enorme
cimitarra como las que usaban los verdugos para decapitar a sus víctimas. Era
Ja-Queres, un notorio bandido de caravanas y torturador y verdugo ocasional a
sueldo, que se había unido a “El Rojo” hacía tiempo, cuando habían hecho
trabajitos en la frontera entre Tethyr y Calimshan, antes de que su banda fuese
apresada por las autoridades y ellos dos lograsen huir con las cabezas sobre su
hombros.
El último del trío, que se
escondía detrás de sus más imponentes compañeros, era un escuchimizado y nervioso
Tethyriano de pelo castaño y ropas aún más mugrientas y descuidadas, con un
largo rostro y apariencia no muy despierta. De unas gastadas correas colgaban
todo un elenco de gastadas llaves y cerraduras, así como numerosas dagas y
cuchillos. Blandía, sin mucha confianza, tres dardos, listos para ser lanzados
desde la seguridad de su barricada humana. Se trataba de Spive, un ladrón de
poca monta que viajaba junto a “El Rojo” y Ja-Queres.
Aunque contaba gloriosas
anécdotas de cómo se había unido a sus compañeros salvándoles de una legión de
guardias que les tenían rodeados, la realidad era más triste: Spive era un
sencillo corta-bolsas que había visto como se reunía la guardia para asaltar el
burdel donde un peligroso grupo de bandoleros estaba festejando su último
golpe. Oliéndose una jugosa recompensa por el chivatazo, había ido a avisarles,
pero calculó mal cuanto tardaría la guardia en asaltar el lupanar. Solo había
encontrado a “El Rojo” y a Ja-Queres en la cocina del sórdido local,
beneficiándose a las camareras, cuando la guardia entró a las bravas por la
puerta principal. El trío había huido a toda prisa por la puerta trasera,
mientras los soldados apaleaban a los sorprendidos bandoleros. Tomando al
corta-bolsas (frustrado soplón) como un talismán de buena suerte, el
supersticioso Ja-Queres había convencido a “El Rojo” para que se les uniese,
aduciendo que las habilidades que un buen ladrón siempre eran útiles.
Lo cierto es que Spive no era
para nada un ladrón competente, pero los dos bandoleros se habían acostumbrado
a su presencia y toleraban sus torpezas, así como sus increíbles historias de
huidas imposibles a través de legiones de guardias. Después de todo, era menos
humillante que confesar haber huido subiéndose los calzones a través de las oscuras
callejuelas de una miserable población fronteriza, dejando a sus compañeros a
su suerte para salvar el pellejo vilmente.
Este encantador grupito de gente
se había unido recientemente, hacía apenas dos meses, para formar una banda de
aventureros que operaba en las tierras fronterizas entre Tethyr y Calimshan. Se
hacían llamar “El sexto poder” para gran hilaridad de otros grupos de
aventureros más asentados, y además de la caza del ocasional monstruo
itinerante y la búsqueda de tesoros perdidos, aceptaban trabajillos por encargo
sin demasiadas preguntas para pagar las facturas del día a día. Era
precisamente uno de estos encargos el que les había llevado a los subterráneos
bajo una vieja fortaleza fronteriza del imperio Shoon, al norte de Saradush. Un
encargo que, de llevarse a efecto, supondría una jugosa recompensa.
-Vaya sitio más siniestro – comentó temeroso Spive, el ladrón
fracasado.
-Sin ninguna duda esta maldito por los dioses – confirmó el
supersticioso Ja-Queres.
-Tonterías, esto no es mas que un maldito almacén olvidado hasta por el
demonio – gruñó “El Rojo”
-Callaos los tres, necios. – afirmo pomposo Al’Qiram – Esto es mucho más que un almacén ¿No lo
veis? Es un laboratorio. Si lo que buscamos está en esta ruina de fortaleza,
sin ninguna duda lo podremos encontrar aquí. ¡Poneos a buscar! Recordad que sin
ninguna duda estará marcado bien visible en la botella con el símbolo que os
enseñe.
-Vamos ¡Nos espera una fortuna! – exclamó “El Rojo”.
-¿No habrá trampas? – preguntó Spive
-¿Trampas? ¿Pondrías trampas en tu biblioteca, donde pasas todo el día?
– preguntó el hechicero. Miró fijamente el rostro caballuno de Spive – Bueno, olvídalo. Ha sido un mal ejemplo.
Digamos que ¿tu pondrías trampas en el antro donde te dedicas a empinar el codo
todo el día?
-¡Pues claro que no!
-Pues exactamente lo mismo pasa con los magos – afirmo
condescendiente Al Qiram – Nadie quiere
estar concentrado en su trabajo y volar por los aires en un descuido.
-Pero yo había oído que estos laboratorios estaban muy protegidos –
repuso “El Rojo”
-¿Acaso eres mago?
-Pues no. Pero…
-En ese caso haz caso de los expertos. Ningún hechicero en su sano
juicio llenaría su laboratorio de trampas, mágicas o no. Yo no lo haría, desde
luego. Únicamente tened cuidado al abrir cerraduras o libros y avisadme antes.
Los aventureros comenzaron a
registrar el lugar sin demasiado cuidado. Uno de los hermanos Oblei, Kus,
señaló a uno de los esqueletos que adornaban la sala, un enorme esperpento con
forma humanoide.
-Vaya tío feo. Tiene unas espadas de hueso en lugar de brazos. Jamás
había visto nada igual. – Comentó jocoso el hombretón. El mago miró un
instante al bárbaro con cierta molestia, pero continuó registrando una
estantería. Alfiq acudió junto a su hermano.
-Tienes razón hermano. Es horrible, y muy grande. No me gustaría
encontrarme con uno de estos cara a cara. ¿Qué será?
-Será un Oseogarfio, una criatura de los mundos subterráneos – contestó
distraído Al-Qiram.
En ese momento sus ojos brillaron
triunfantes: ¡había encontrado lo que buscaba! ¡Y había varios! Comenzó a
guardar el vial en una caja acolchada. Lastima no poder llevárselos todos, pero
eran peligrosos para ser acarreados sin la seguridad de la caja estanca y
acolchada. Aunque tal vez, si los llevasen sus compañeros…
-Pues esos Osegarfios parecen estar hechos por trozos de diversos seres.
Su cráneo es de carnero, pero las costillas son humanas, y sus pies de búfalo o
algo así. Si lo sabré yo… Este bicho esta hecho de cachos diversos, como si
alguien lo hubiese montado.
El hechicero empalideció y
comenzó a temblar.
-¿Cómo has dicho? – Susurró con voz agitada. Alfiq se giró para
mirarle con curiosidad.
-Pues que este esperpento está hecho de piezas y ¡Argggghhhhh! –
Chilló agónico cuando una hoja de hueso le atravesó el torax y lo levantó el
vilo.
Con una serie de siniestros
chasquidos el esqueleto bajó de su pedestal y contempló impasible a sus
víctimas, como un matarife al ganado sobre el cual iba a trabajar.
-¡Un esqueleto! – Chilló aterrado Spive
-Eso… Eso no parece un esqueleto – Balbuceo “El Rojo”
-¡Hermano! – Rugió furioso Kus atacando al esperpento con su
alabarda, pero la hoja de hacha del arma sencillamente resbaló en las costillas
de la criatura. El bárbaro desvió a duras penas el tajo de respuesta con un
giro desesperado de su arma.
Alfiq gritó e intentó liberarse
de la hoja que le empalaba, el bárbaro poseía un vigor asombroso, y el golpe
que hubiese acabado con cualquier otro hombre solo lo había herido de gravedad.
La criatura percibió que su primer objetivo
seguía vivo y con un desdeñoso movimiento liberó su otra hoja, lanzando al
desafortunado Alfiq contra la estantería que el hechicero había estado
saqueando. Los viales estallaron en mil pedazos y toda la estantería se derrumbó
sobre bárbaro.
-¡Oh, no! – Gimió el hechicero, viendo su fortuna desaparecer.
Instantes después, salió corriendo de la sala, abrazando con fuerza la caja
acolchada.
-¡Condenado cobarde! Vosotros, vamos a por este bicho… - gritó Kus,
redoblando sus ataques contra su atacante.
Spive, Ja-Queres y “El Rojo” se
miraron dubitativos.
-Bueeenoo…
En ese momento, el caído Alfiq
comenzó a agitarse bajo las ruinas de la estantería. Fuertes convulsiones
sacudieron su cuerpo, y comenzó a generar horribles espumarajos, mientras gemía
lastimeramente.
-¡Esta maldito! – Chilló horrorizado Ja-Queres
-¡Es veneno! – Aulló Spive
-¡Larguemonos! – Gritó “El Rojo”
Los tres mercenarios huyeron
precipitadamente, dejando a su suerte a
los hermanos Oblei. Corrieron por los corredores y escaleras de la
fortaleza, oyendo a lo lejos el sonido del combate, y al poco percibieron la
luz de la salida. La figura del hechicero Al Qiram se perfilaba en el quicio
del portal.
-Estamos salvados – suspiró Spive
-Lo lamento, compañeros, – gritó Al Qiram – necesito que entretengais
a ese golem para garantizar mi huida. ¡Adiós!
Con un gesto y unas entonaciones,
todo el corredor quedó cubierto por una tupida red de gruesas telarañas.
-¡Maldito traidor! ¡Nos las pagaras Al Qiram!
El hechicero huyó por el patio de
armas, hacia los caballos que esperaban junto a la entrada de las murallas, con
los gritos desesperados de los mercenarios que intentaban cortar en vano los
pegajosos filamentos. El hechicero sonrió fríamente; no lo conseguirían antes
de que el golem de hueso les diese alcance. Montó en su corcel, espantó a los
caballos de sus antiguos compañeros, e instantes después, cabalgaba en
dirección a Saradush.
Una fortuna le esperaba.
* *
*
La taberna de la Jarra y El Arbol
era uno de los mejores locales de la ciudad de Saradush. Famosa por la calidad
de sus alcoholes y comidas, también ofrecía habitaciones privadas donde
influyentes comerciantes podían agasajar a sus potenciales clientes de forma
privada, o donde se podían llevar a efecto oscuras transacciones sin testigo
alguno.
En una de estas habitaciones,
delante de una estrecha mesilla bien surtida de exquisitos manjares y bebidas,
esperaba el cliente de Al Qiram, comiendo y bebiendo con gran apetito, sentado
sobre un mullido almohadón, al estilo calimshita.
-¡Ah! Al-Qiram… – comentó el individuo entre bocado y bocado – Entiendo que has tenido suerte en tu
empresa. ¡Enhorabuena! Has sido el único en volver por el momento. De todos los
grupos de aventureros que aceptaron el trabajo, por el momento habéis debido
ser los únicos en encontrar mi encargo. ¿Por qué lo habéis encontrado, no?
-Si, así es.
-Magnifico, magnifico. Siéntate y comparte la cena conmigo. Que menos…
Pero ¿Dónde están el resto de tus compañeros?
-Lamentablemente no lograron sobrevivir a la adquisición… El lugar
estaba bien protegido. De hecho, nos atacó un peligroso guardia mágico. Solo yo
logré escapar con esta botella, dejando atrás los cadáveres de mis compañeros y
el resto del lote de viales – Contestó fríamente el hechicero, sin poder
evitar un tono sarcástico. Su cliente le observo por entre las botellas y
jarras, pensativo.
-Hmmmm. Una lástima. Una lástima. Pero bueno, la recompensa merece la
pena, aunque sea solo por una botella. ¿Puedo verlo?
Al Qiram colocó encima de la mesa
la caja acolchada y la abrió. En su interior había una pequeña botella de
vidrio, con un líquido de color verde enfermizo. Runas de advertencia en
antiguo Alzhedo se percibían en la superficie de la botella.
-¡Por fin…! La solución a un problema, jejeje.
-Un momento, amiguito. Me temo que habremos de renegociar el precio de
esta… curiosidad.
-¿Renegociar? ¿Qué quieres decir? ¡Te estoy pagando una fortuna por
esta miserable botella!
-Claro, claro, pequeño. Pero eso era antes de saber de qué se trataba.
Verás, antes de reunirme contigo hice algunas averiguaciones. Resulta que el
contenido de esta botella es un, hmmmm, producto bastante exótico y que en
determinadas manos alcanzaría precios muy altos. Conozco a los de tu raza,
amiguito, y se que si me pagas tanto por esto, es que tienes un cliente que te
va a pagar cinco o seis veces más por ello. Después de los peligros que he
afrontado para conseguir el vial y de perder a mis queridos compañeros en el
camino, creo que aceptaré un pago más alto. ¡El triple de lo acordado para ser
exactos! Jajajaja.
-¡Maldito perjuro!
-Calma, chiquitin – continuó sardónico el hechicero – No creo que estés en posición de oponerte.
Los matones que tenías fuera están durmiendo a pierna suelta, cortesía de mi
poderosa magia y de su falta de fuerza de voluntad. Y no creas poder intentar
atacarme y apoderarte de la botella; estoy bien escudado por unos sortilegios
protectores, y además, francamente, tu raza nunca ha sido famosa por su
agresividad o temeridad, y no eres rival para mi magia.
“Sabes que pagarás, porque aún así sacarás algún beneficio de a quien
quiera que le vayas a vender este abominable fluido. Sencillamente, tu margen
de beneficios será menor…
El cliente se dejó caer sobre el
almohadón, con aspecto derrotado. Sacó unas bolsas de sus amplios bolsillos, y
vertió sobre la mesa una cascada de lingotes de comercio de alto valor y de
diversas gemas.
-Esto es todo lo que tengo encima – murmuró cariacontecido.
Los ojos del hechicero brillaron
de codicia ¡Que fortuna! Extendió ávido sus manos y comenzó a recolectar las
gemas.
-Es un principio, pero quiero más…
-¡Y lo tendrás, necio! – susurró fríamente el cliente.
Con una rapidez increíble, su
pequeña mano se precipitó, armada con una daga, sobre la mano derecha del mago.
Hubo un chisporroteó y un aullido de dolor. Al Qiram, lívido, contempló su mano
ensartada por la daga y clavada a la mesa con una fuerza prodigiosa.
El pequeño sujeto que tenía
enfrente se puso de pie tranquilamente y procedió a guardar la caja con el vial
en sus alforjas, junto con sus gemas y lingotes.
-¿Cómo… Como es posible? – balbució el hechicero, cubierto de
sudores. La cabeza le palpitaba y fuertes temblores le sacudían. No sabía que
le pasaba.
-¿El qué? Ah ¿Tus defensas? Jejeje. Verás, estás equivocado, el vial no
es para ningún comprador, es para mi uso personal. Pienso utilizarlo contra un
colega de profesión tuyo, tan rastrero, cobarde y vil como tu, Al Qiram, de
modo que me he procurado diverso equipo para llegar hasta el. Por cierto,
gracias por la prueba de que el rupturador arcano funciona, no estaba seguro de
ello. Me habían asegurado que si, pero tenia mis dudas. Pero ahora ya veo que
me será muy útil.
-¿Qué… Que me.. pasa? – murmuró Al Qiram
-Ah, eso debe ser el veneno de la hacedora de viudas, circulando por tu
sangre. No te preocupes, en breve tus pulmones se encharcarán de sangre, el
hígado fallara y tu corazón se detendrá. Pero antes sentirás todo tu cuerpo en
llamas y tendrás una muerte horriblemente agónica, naturalmente. No es tan
letal como lo que me has traído, pero hace bien su papel con estúpidos
pretenciosos como tu, que intentan extorsionar a un pobre e indefenso halfling
como yo – comentó jovialmente el hombrecillo mientras le daba palmaditas en
el hombro.
-¿Qui… Quien… eres? – logró balbucir el hechicero con sus últimos
alientos.
-Bueeeno. Como te vas al infierno por el camino corto, creo que tienes
derecho a saberlo. Mi nombre es Bertrand. Bertrand Pies-Belludos, también
conocido como “El Horrible”. Asesino de profesión, a vuestro servicio, jejeje.
Tengo que agradeceros que me procuraseís este líquido, es un elemento
imprescindible en mis objetivos. Verás, planeo utilizarlo contra un objetivo
muuuuuy escurridizo, y creo que con él aseguraré un trabajo que ya se ha
demorado demasiado. Muchas gracias.
Pero el hechicero Calimshita ya
no oía nada. Supurando sangre por la boca, la nariz y los ojos, sufría sus
últimas convulsiones sobre la mesilla, tirando manjares y botellas por el
suelo en sus estertores.
-Lastima de cena – comentó ligeramente el halfling mientras
abandonaba la habitación.
En su bolsa, brillando
malignamente, el nefasto líquido verde comenzó su largo periplo hacia el norte.
Las runas en el antiguo Alzhedo avisaban el producto de la mas refinada
nigromancia de los dementes magos oscuros Shoon: el semi-legendario veneno
conocido como “El Mata-Elfos”.